¿Qué onda con la radio comunitaria? Fernando Ossandon

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¿Qué onda con la radio comunitaria? Fernando Ossandon

Vengo a compartir con ustedes una preocupación, expresada en esta coloquial pregunta ¿Qué onda
con la radio comunitaria hoy? Algunos imaginarán una discusión legal: “pero si las radios comunitarias
ya tienen sus frecuencias asignadas, son pocas si y de baja potencia, pero las tienen”. Otros, los que
leyeron la convocatoria a este encuentro, imaginarán un debate tecnológico y recetas para hacer de
la radio un multimedia: “cierto, hoy no necesitamos postular a una frecuencia de onda, podemos
hacerlo y de hecho muchos lo hacen libremente por Internet”. Y aún habrá algunos que piensen: “el
profe está apelando a la jerga juvenil, ´¿Qué onda loco, como estái?´”, o sea, se nos pregunta ¿cómo
nos sentimos con la radio comunitaria hoy?
Espero que más de alguno, entonces, se interrogue conmigo: ¿Qué pasa con la radio comunitaria
hoy?, ¿lo estamos haciendo bien o podemos hacerlo mejor? ¿Cómo impactarán las oportunidades de
la comunicación multimedia a este proceso?
Hace pocos días, el 9 de octubre, Alberto Cancino, Presidente Nacional de la Anarcich, hizo llegar por
e mail un saludo a los presentes, instaurando esa fecha como el Día de la Radio Comunitaria en Chile,
ya que ese día, el 2007, el Gobierno presentó al Congreso el proyecto de ley que reconoce la
existencia y otorga un estatus jurídico propio a estas iniciativas de radio. Con ocasión de ese acto, la
Anarcich saludó la iniciativa del Ejecutivo como la culminación de un trabajo que se venía haciendo
desde hacía años desde las radios comunitarias, antes conocidas como “populares”. “Ejercemos el
derecho a comunicar y acceder al espacio radioeléctrico, que es un bien común y que pertenece a
todos los chilenos.” Y se apuntó a que la ley debería garantizar tres aspectos fundamentales: que las
concesiones sean otorgadas a la sociedad civil, o sea, solo a las organizaciones sociales sin fines de
lucro que se han hecho cargo de su gestión, administración y propiedad // que haya espacio real para
el desarrollo de las radios comunitarias // y que se garantice la sustentabilidad de las mismas, con
una forma de financiamiento adecuada.
Sabemos que en los tres aspectos se avanzó algo respecto del escenario anterior, vigente desde los
años noventa, pero que en los tres existen problemas aún no resueltos; y que hay otras limitaciones
que también obstaculizan una “competencia” adecuada con la radio comercial. Por supuesto que hay que seguir bregando en torno al necesario mejoramiento de las leyes –“el que no llora, no mama”-.
Entiendo que Alberto se hará cargo enseguida del tema en este panel.
Sin embargo, aún en las condiciones materiales, normativas, tecnológicas y de ausencia de un
financiamiento adecuado vigentes, cabe volver a preguntarse qué ha pasado con el proyecto de radio
comunitaria: el por qué y muy especialmente, el para qué de cada radio. Confieso que no soy un auditor habitual de radio comunitaria, porque vivo en el primer piso de un
edificio en el barrio San Borja de Santiago, apenas logro capturar señal para el funcionamiento del
teléfono celular. Sin embargo, he podido sintonizar radio en la comuna de Quinta Normal, escuchado
radios digitales en San Miguel y Villa Francia, y he escuchado esporádicamente radios de baja
frecuencia en Cartagena, Salamanca y otras localidades. ¿Y con qué me topo?
En general, con radios de nicho, entendiendo por tales señales orientadas a un público muy particular
o a socializar una temática, ideología o doctrina religiosa específica. Radios evangélicas, por ejemplo,
24/7 –como se dice ahora- con el 100% de su programación orientada a la difusión de prédicas y
alabanzas (a veces, con melodías bellas y de alta calidad). O radios con proyectos políticos claros,
centradas en las denuncias a las violaciones a los derechos humanos, ambientales, de la mujer, los
niños o causas étnicas, también el 100% del tiempo. En la mayoría de estos casos, “lo comunitario”
no tiene asiento real en una comunidad o localidad, el objetivo del grupo que las saca al aire es
expandirse al máximo, tener una audiencia urbi et orbe para emitir sus mensajes religiosos,
ideológicos o políticos.
También me topo con radios que se llaman a sí mismas comunitarias, pero que no tienen una
dirección física donde acudir, ni horario conocido de atención, o no disponen de un teléfono o una
dirección e mail y una página Facebook… que alguien conteste. Todos estos dispositivos permiten, a
bajo costo, que se satisfaga un pedido musical, se transmita la convocatoria a alguna actividad social
o simplemente se permita estampar un testimonio (al estilo Rumpy, cuyo programa radial se sustenta
en el llamado de personas ansiosas por compartir sus emocionantes vidas). La falta de recursos humanos y tecnológicos lleva, en cambio, a realizar esporádicos espectáculos, fiestas o actividades
recreativas, similares a las que se hacen en cualquier escuela o liceo público, para financiarse y de
paso recordar a la comunidad que esta es “su” radio, realidad que se desvanece de la mayor parte dela programación hasta el karaoke siguiente.
Por su parte, la tecnología disponible ha permitido también a muchas radios explorar la multimedia,con la transmisión de contenidos simultáneamente a través de sus páginas web, una APP para el teléfono y/o presencia en redes sociales como Instagram, Facebook o YouTube. Estos avancestecnológicos tienen su lado luminoso en la transmisión de podcasts envasados de antemano por actores diversos, el uso ocasional del streaming en vivo, la exploración de un servicio audiovisual con el ánimo de convertirse también en un canal de televisión. A través de estos recursos se espera colgar
nuestra identidad, visual y escrita, y eventualmente interactuar por estas vías con las audienciasdeseadas.
Con todo, el uso de la tecnología tiene también su lado más inquietante, cuando permite que elcontrol de la emisión al aire se haga desde un celular a distancia, eliminando con ello la presencia física del conductor en la comunidad local y concentrando toda la gestión en una sola persona que
actúa ya no como locutor, sino simplemente como administrador a distancia de la señal.
Sé que las imágenes que estoy compartiendo son algo críticas y quizás exageradas, pero cada quien se reconocerá al menos en parte en alguna de estas.
¿Acaso estamos perdiendo el espíritu que dio vida al movimiento de radio comunitaria, el cual se desató a lo largo de todo el país? Por supuesto que el 2007 Chile no era el mismo del año 94, cuando se nos impuso una mala legislación –la radio de mínima cobertura de 1 watt de potencia- y que el
Chile del 2018 está abrumado con nuevos desafíos, oportunidades y obstáculos –mientras el watt se
ha elevado a 20, las concesiones son por fin solo para organizaciones sociales y duran 10 años en vez
de tres-.
Para intentar despejar la pregunta, quisiera recordar que no existe una definición única, taxativa o definitiva acerca de lo que es o no es la radio comunitaria. Históricamente surgieron, en diferentes países y contextos. En las Américas, como una “alternativa” a la radio privada y comercial; y en Europa
y algunos países de Asia como iniciativas en contra del monopolio ideológico y económico de las radios públicas, estatales. Así se anotan en la bitácora de la historia, a lo largo del tiempo, las radios pirata, libre, minera, educativa, popular, participativa, trucha, étnica, comunitaria y ciudadana. Todos
modelos diferentes, pero todos alternativos a la comunicación hegemónica. Un cuestionamiento concreto a sus omisiones, al emitir acallando las voces y gustos musicales no comerciales. Un intento por satisfacer las necesidades comunicacionales de los sectores más vulnerables y de las minorías.
Una forma de ejercer –como ya se dijo- el derecho humano a la comunicación.
En Chile, los modelos de radio germinaron desde distintas fuentes y organizaciones, desde los años sesenta en adelante, hasta plasmar en un fenómeno vecinal extendido, que irrumpió en los años noventa, de la mano de los transmisores de baja potencia y a precios asequibles, al mismo tiempo
que se iniciaba el proceso de transición a la democracia. Así nació la radio popular, fuertemente enraizada en una realidad barrial o local y luego desarrollada en su versión más amplia y generalista, la radio ciudadana.
Algunos principios que sustentan desde entonces al movimiento de radio comunitaria y ciudadana
son:
– Pertenecer a grupos de iniciativa que tienen una fuerte inserción en la propia comunidad a la
cual se dirigen como audiencia prioritaria.
– Llevar a cabo procesos participativos en la gestión y administración de la radio, no solo en la
parrilla programática que sale al aire.
– Dar voz a las distintas expresiones sociales presentes en la comunidad, no ser “la voz de los
sin voz” ya que para eso estuvieron las radios de las iglesias y las universidades.
– Dar cabida a una expresión musical que recoja lo mejor y lo emergente de la producción
musical, de una o varias comunidades existentes en cada localidad.
– Prestar servicios a la comunidad, con una proyección educativa, cultural y de difusión de las
oportunidades que pueden aprovechar las personas para su desarrollo personal o colectivo.
Caso de las emergencias naturales o las originadas por el hombre.
– Contribuir al desarrollo de la opinión pública local, alimentando la agenda política pública del
sector, desde las realidades de la vida cotidiana y subjetiva, en un espíritu pluralista y diverso,
en sintonía con las preocupaciones sociales y ciudadanas del momento.
En consecuencia, podemos reformular la pregunta: ¿Qué hacemos para contribuir a desarrollar laidentidad del barrio o sector, acogiendo la expresión de las identidades múltiples existentes en este?
Por otra parte, la comunicación del futuro es multimedial. Ello significa algo que ya está sucediendo
y frente a lo cual la radio comunitaria no puede quedarse atrás.
En un seminario reciente sobre el tema, con un nombre sugerente –Mediamorfosis-,–se alinearon los
astros para mí esta semana-, aprendí varias cosas nuevas de la comunicación transmedial que quisiera
compartir con ustedes.

Primero. Lo transmedial consiste en generar ciertos contenidos y ponerlos en circulación a través de
variadas plataformas de manera simultánea y articulada; cada una con sus objetivos, públicos y
géneros –algunas más informativas como los medios on line, otras más interactivas, como las redes
sociales, etc. Damian Dizner, periodista y comunicador argentino, propone: “El contenido es el rey de
la comunicación, pero la reina son los consumidores, o sea, las audiencias que están siempre mutando
en sus formas de apropiarse y hacer uso de los contenidos”. Gabriel Levy, académico colombiano, por
su parte, va al hueso: “lo importante es contar buenas historias”. Tenemos una gran historia
(universo), alrededor de ella construimos múltiples narraciones (relatos) y estos “se expanden”
autónomamente a través de múltiples plataformas. No solo se viralizan, se expanden, en todo el
sentido de esta palabra. Volveré enseguida sobre esta definición con un ejemplo.


El caballito de batalla al que aspiran llegar todas las empresas de medios impresos de grantamaño es: hacer televisión. Reordenan todo su quehacer para poner al centro de la redacción un canal TV y desde este “disparan” sus mensajes hacia múltiples plataformas digitales, incluido el
tradicional diario, suplemento o revista impresa.

Tercero, sin embargo, pese a lo anterior, la oralidad sigue estando presente con mucha fuerza, pero en una lógica más dinámica y expansiva. Ahora viene el ejemplo: dos académicas peruanas estudiantes de postgrado en Inglaterra, decidieron hacer su tesis de doctorado sobre un hecho que
era “secreto a voces” en su país, pero del cual se sabía en realidad muy poco: la ilegal esterilización obligada de cientos de miles de mujeres indígenas y hombres en las altas sierras del Perú, para combatir la pobreza. Viajaron hacia allá con sus video-cámaras, con el propósito de recoger testimonios para su investigación y fracasaron. Nadie quiso hablar en cámara. Casi por casualidad alguien se comunicó por teléfono con una mujer y esta vez ella si contó su crudo relato. Entonces
decidieron habilitar una línea ochocientos, gratis, y empezaron a recibir por teléfono testimonios
verídicos y auténticos, uno tras otro. El proyecto en la actualidad es una plataforma web –
www.proyectoQuipu.com – que pone en circulación datos, historias, opiniones y múltiples
testimonios orales acerca de esta masiva violación a los derechos humanos cometida por el Estado y
ordenada por Alberto Fujimori, veinte años atrás.
Cuarto, los grandes medios periodísticos están logrando que la gente pague por sus contenidos on line directamente, a través de masivas suscripciones. El New York Times es el más conocido, pero está lejos de ser el único. Así, los medios que se autodefinen como independientes, dejan de depender
exclusivamente de la cada vez más esquiva torta publicitaria, capturada por “los Gigantes” portadores
de la Internet: Facebook, Instagram y Youtube, entre otros (estas plataformas ya no se comportan
como transporte, sino también como medio para los públicos cautivos que acceden a estas).
Y quinto, un tema no menor. La mera observación de la edad de los participantes de estos seminarios,a nivel de expositores y audiencias, permite comprobar que son las y los jóvenes los llamados a impulsar estos cambios, una nueva generación. Tal como aconteció con la radio popular cuando
surgió: era protagonizada por colectivos de jóvenes que anhelaban sacar adelante el proyecto en y
con las comunidades a las cuales pertenecían.
Grandes desafíos por cierto. Pero si aprendemos a navegar bien y dejamos espacio a las nuevas
generaciones para que construyan sus relatos y exploren a sus anchas las posibilidades tecnológicas,
no solo podremos llegar a un puerto seguro, sino que habremos hecho una contribución a la
construcción de dicho puerto, democrático y ciudadano a cabalidad. No hay que perder el norte,
tampoco la oportunidad.

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